Asociación Mexicana de Psicotraumatología

Secuestro: La Muerte Suspendida

La experiencia del secuestro tiene varias consecuencias que ya he tratado de explicar de manera muy breve, sin embargo existe esta en particular es la que yo considero como de las más letales: La Muerte Suspendida. Este fenómeno se da como un deterioro y desgaste de los procesos psicológicos de aferrarse a la vida. La persona secuestrada sabe que su único objetivo dentro de su prisión es salir con vida y regresar a sus seres queridos. Desafortunadamente este objetivo no depende solamente de la persona secuestrada, ya que existe un enemigo que tiene otro objetivo en mente: recibir una compensación económica. El secuestrador utilizará todos sus recursos para lograr sus objetivos, incluyendo el causar daño físico y psicológico a la persona secuestrada y a su familia.
La herramienta más efectiva que tiene el secuestrador la encontramos en la sumisión que puede llegar a crear sobre la persona secuestrada. El proceso de sumisión que se desarrolla está basado en la sensación de ya no tener control sobre mi propia vida. La persona secuestrada llegará a esta conclusión después de atravesar varios ciclos de esperanza y desesperanza. La esperanza es caracterizada por pensamientos positivos y optimistas de "todo estará bien," "voy a salir vivo de esta," "mi familia está haciendo lo necesario para sacarme de aquí." Estos periodos de optimismo serán truncados principalmente por las interminables horas de dolor y de incertidumbre. Es aquí donde aparecen la otra polaridad, la desesperanza con pensamientos de "voy a morir," "¿qué será de mis hijos sin mi?" "mi familia no está haciendo lo suficiente para sacarme de aquí."
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La naturaleza del alma no soporta la existencia de fuerzas de vida y de muerte al mismo tiempo y termina por rendirse al comenzar un duelo, una muerte, una despedida de esta vida.
Este proceso de duelo se inicia y la persona comienza a "dejar apagar la vela." Algunos de mis pacientes lo reportan como estar muertos en vida, dejan de comer, las torturas ya no duelen. En otras palabras, la persona secuestrada ha comenzado a estar muerta.
Pareciera que los secuestradores pueden notar esta fase del secuestro y tratan de "animar" a su víctima diciéndole que ya mero salen, que ahora sí su familia esta echándole ganas. Pero es demasiado tarde, el proceso de desprenderse de la vida ha comenzado.

Una vez que la persona secuestrada es liberada experimenta un éxtasis de energía, y pudiera parecer que todo regresa a la normalidad. De hecho, la mayoría de ellos quieren retomar la normalidad de sus vidas inmediatamente. Con el tiempo, sus seres queridos comienzan a darse cuenta de que hay algo raro, ya no son los mismos. Ya no hay afectos, no hay planes, no hay metas, no hay vida. Es como si se hubieran quedado en un "limbo" psicológico entre la vida y la muerte. Esta sensación es extremadamente desagradable y en ocasiones se intenta minimizar con el abuso de sustancias o con actividades de alto riesgo que les permita sentir un poquito de vida.
El reto clínico es el de poder revertir esta inercia de muerte. En mi experiencia, este es el mayor reto terapéutico; el poder vencer a la muerte psicológica y promover nuevamente las pulsiones de vida. No puede haber un éxito terapéutico sin el regreso de la vida.
A este proceso yo le llamo la segunda liberación. El cuerpo ya está libre, mi trabajo es facilitar la liberación del alma.

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